El domingo por la noche el móvil me suelta el resumen semanal, como si fuera el contable de mi vida.
Horas de pantalla, barras bonitas, medallitas invisibles.
Y yo mirando el numerito como si no fuera mío.
Vivo a velocidad de anuncio, con prisa prestada. No es que me falten horas, es que las dejo caer por la rendija, a cambio de nada que pese. Me digo que no tengo tiempo para parar, para ver, para escuchar, para estar, pero luego resulta que sí tengo tiempo, solo que se me va en migas, en notificaciones, en ese gesto automático que ni decido.
La oportunidad perdida no es un plan grande. Es el instante. El rato en el que podría desconectar y no lo hago. El tiempo que podría invertir en mí y lo cambio por atención barata. Dejo de salir a caminar, dejo de sudar un poco, dejo de bajar al barrio a tomar una caña con los de siempre. Dejo de conocer a alguien en el mundo real, con su voz y su torpeza, y me conformo con encontrarlo en una pantalla, ordenado por un algoritmo que presume de conocerme mejor que yo.
Me pasa incluso con lo fácil, me pongo una serie y no la veo del todo. Un ojo en la escena y el otro en el próximo mensaje vacío. La trama se me escapa, los diálogos se me diluyen, pero mi dedo no falla, desliza, toca, vuelve, como si estuviera trabajando. Y no estoy trabajando, estoy alimentando una máquina que me da dopamina sin premio, solo para que vuelva a pedir.
Me pica por dentro cuando me discuten, no por lo que dicen, por lo rápido que me pongo en modo defensa. Y lo peor es cuando me descubro a mí haciendo lo mismo.
En una cena cualquiera alguien suelta un no, eso no es así, y en vez de pensar, saco el móvil como si sacara una navaja. Busco el vídeo, el corte, el titular. Y cuando lo encuentro, lo enseño con cara de victoria.
Ahí me doy vergüenza.
Porque no estoy defendiendo una idea, estoy defendiendo un pantallazo. Un tipo hablando rápido, con música debajo y seguridad de alquiler.
Y yo asentando, repitiendo, dejando que me piensen, con la tranquilidad cobarde de ya está.
Y no es un problema de nadie más, es mío. Porque yo también me acostumbro a no pensar. A seguir con la venda por comodidad. A confundir opinión con conocimiento. A preferir el atajo aunque me deje sin piernas.
Me abandono un poquito más cada día, sin drama, sin titular. Ya no hay placer en irse de tiendas y perder una tarde buscando algo que te haga ilusión de verdad. Ya no hay gusto en pelear un buen precio para unas vacaciones, en rebuscar esa camiseta rara en las rebajas, en equivocarte de talla y reírte en el probador. Es más rápido darle al botón de comprar, total estoy ahorrando tiempo, me digo. Y ese hoy es oro. Pero luego ese oro lo gasto en likes y en niveles, en mini victorias que no me dejan nada en el cuerpo.
Es como si hubiera cambiado el paseo por el recibo. La conversación por el comentario. El encuentro por el match.
Todo rápido, todo limpio, todo sin fricción.
Y sin fricción tampoco hay vida, hay trámite.
El punto de inflexión me llega con mala educación. Son las 4 de la mañana y he llegado al nivel 1000 del Candy Crush, que guapo. Un logro de plastilina. La medalla de nadie. Y lo he pagado con tiempo de descanso, con el rato de compartir almohada con mi pareja, con el sueño que me arregla la cabeza cuando la cabeza me viene torcida. Me he perdido la escena del desenlace y no pasa nada, le doy al rewind.
Y ahí es donde me doy cuenta de la trampa.
Hago rewind en la tele y hago rewind en la vida.
Escenas en diferido, como si lo importante pudiera repetirse igual.
Como si el directo no tuviera esencia.
Lo que me cabrea no es el móvil. Soy yo, entregando el volante. Yo, firmando la cesión. Yo, dejando que me interrumpan, que me exijan, que me necesiten, y reaccionando como si todo eso fuera un ataque a mi tiempo. Como si mi tiempo fuera sagrado solo cuando lo estoy malgastando.
Al final el cuerpo pasa factura sin levantar la voz. Me duele medio cuerpo porque no me muevo. Se me cansa la vista, el cuello, los dedos se me duermen. El alma me escuece, como una rozadura que solo noto cuando ya estoy quieto de verdad.
Pero da igual.
Ya estoy en el siguiente nivel.
Y mañana diré que no tuve tiempo, como si no lo hubiera regalado.
El domingo el móvil me lo volverá a contar en barras, y yo volveré a mirar el numerito como si fuera otra persona.
—Le doy al rewind y lo único que vuelve es mi excusa.
Seguimos
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