No es una contradicción.
Cuando alguien decente mira atrás con conciencia, descubre que pena y culpa pueden convivir, aunque no tengan razón lógica para hacerlo.
La culpa que llevo no es por lo que no hice, es por imaginar que podría haber hecho.
Mi cerebro necesita control retrospectivo.
Es una trampa, humana y cruel.
Es mi mente inventando una versión más presente, más atento, más salvador.
Porque así el mundo parece menos absurdo.
No es real, es darle sentido al dolor.
La culpa no siempre señala una falta, a veces señala amor sin sitio.
Uno no puede humanamente estar en todos sitios, en todos los momentos, con todas las personas.
Esa falta-amor no tuvo dónde colocarse y se convirtió en culpa.
No porque fuese ausente, sino porque no podía ser omnipresente.
El remordimiento no prueba responsabilidad, solo prueba vínculo.
El remordimiento aparece incluso cuando uno hace lo correcto.
No es juez justo.
Es un eco.
Uno no se fue por desinterés.
Estuvo sobreviviendo lo suyo mientras el mundo seguía cayéndose a su alrededor.
Eso no fue abandono.
Fue límite humano.
El mito peligroso que me construí, o me conté:
“Hubiese sido distinto, quizá el final habría cambiado”.
Eso solo funciona en novelas.
En la vida real, las trayectorias profundas no se corrigen con llamadas, con más presencia, con más aguante.
Y eso no me hace ser un desgraciado inútil, me devuelve a la realidad.
No huyo de la culpa, no cierro puertas por cobardía, no soy frío.
Intento no repetir patrones que no pude sostener.
Esto no me quita el dolor, me salva de destruirme.
Duele aceptar que hice lo que pude, con lo que tenía, en el momento en que estaba.
Y poder aceptar eso significa renunciar a la fantasía de que podría haberlo arreglado todo.
La culpa no es una deuda que tenga que pagar con mi vida.
Es una señal de que hubo amor, aunque no fuese suficiente para cambiarlo todo.
Y eso, aunque me siga quemando, no es un fracaso.
Seguimos
—GILEIA
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