No desconectar no cansa.
Agota.
Te levantas y el cerebro ya va tarde.
Antes de poner un pie en el suelo ya has pasado por tres guerras ajenas, dos ofertas que no necesitas y un mensaje que no era urgente… pero vibra igual.
El cuerpo todavía está arrancando y la cabeza ya va en quinta.
Una centrifugadora mental desde primera hora.
El cansancio se volvió normal.
Como el dolor de espalda.
Como dormir mal.
Como vivir con prisa sin saber hacia dónde.
Estás disponible para todos menos para ti.
Respondes mensajes mientras comes.
Miras la pantalla mientras alguien te habla.
Asientes. Sonríes.
No estás.
El móvil vibra encima de la mesa del bar.
Cerveza caliente.
Conversación a medio gas.
Lo miras “por si acaso”.
No era nada.
Pero ya te fuiste un poco.
La ansiedad con bluetooth, siempre conectada.
El cuerpo grita y tú haces scroll.
El cuello doblado.
La espalda torcida.
La cabeza llena.
Cinco minutos en el váter se convierten en veinte.
Sales igual que entraste… pero más lejos. Y con la pierna dormida.
Compras desde el sofá.
Pagas sin tocar billetes.
Te validan con una huella mientras no sabes muy bien quién coño eres hoy.
Hasta el amor viene filtrado por un algoritmo que decide si mereces o no una cita un martes.
Viajas para demostrar que estuviste.
Más fotos que recuerdos.
Más stories que risas.
El paisaje detrás y tú delante, siempre delante.
El moreno ya no pica: se corrige.
Antes malgastabas la tarde en una cerveza y vacilar de moreno cangrejo.
Ahora malgastas la vida intentando parecer que la tienes ordenada.
Criticas los reels…
desde uno.
No sabes muy bien qué son, pero los miras.
Uno más.
Otro.
Otro.
Como si al final hubiera algo.
No lo hay.
Compras seguidores.
Te das tu propio like.
Millones mirando una pantalla y nadie mirando a nadie.
Todo el mundo quiere que lo vean,
y cada vez hay menos sitio donde estar.
Y aquí viene lo incómodo,
tú tampoco estás fuera de esto.
Ni eres mejor.
Ni estás a salvo.
También miras el móvil de madrugada, tik-tokeando con la luz apagada como si no pasara nada.
También has preferido el sofá al encuentro.
Y lo peor: lo sabes… y aun así.
No es que antes fuera mejor.
Es que antes era.
Ahora estamos hiperconectados
a ninguna parte.
Y tú sigues en la hiperrealidad de humo.
Conectado a nadie.
Tu atención en rebajas… y aún miras “por si acaso”.
Seguimos
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