Hay escenas que no llegan gritando.
Llegan con la toma ya montada, con sonrisa de catálogo y modales de ascensor, con esa calma de quien no improvisa.
No te golpean, te cambian de plano.
Un corte limpio, y de repente estás fuera de foco.
Tú apartas la vista un segundo.
Parpadeas, te pierdes dos líneas.
Mismas frases, otra intención.
Tú sigues estando, pero ya no sales igual.
Y te quedas buscando el punto donde perdiste el hilo.
Y no es que te falte personaje,
te han cambiado el papel.
Tu mente tarda un segundo en encajar el plano,
tu guion en manos ajenas,
tan fresca, tan segura —montaje sucio, corte seco.
La secuencia.
Entras en un sitio donde todos sonríen demasiado despacio.
Te contestan bien, te ofrecen asiento, te dejan pasar.
Parece normal. Casi amable.
Y tú te lo crees.
Hay un zumbido de fluorescente que no se va.
Y hay algo en el aire que te lo susurra sin palabras
ya han decidido el final,
solo falta que alguien diga acción.
Alguien te lo dejó caer, alguna vez.
Una nota al margen, una ceja levantada, un silencio a destiempo.
Y tú no lo quisiste leer.
No por interés, por lealtad.
Y seguiste rodando.
Al principio parece una escena menor.
Un gesto sin importancia, un detalle tonto en el plano.
Pero muerde igual.
Y cuando vuelve a pasar, ya no es accidente, es costumbre.
Ahí lo entiendes —la cara limpia era parte del método.
Lo más triste es esto, le hiciste sitio cuando nadie le hacía hueco.
Abriste la puerta del set, le pusiste una silla,
le enseñaste por dónde se entra sin hacer ruido.
Y encima fuiste delante.
Haciendo sombra, tapando el frío, como si sostener fuera parte del trabajo.
Le diste el papel principal para que se llevase el aplauso.
Pensaste que querer era eso, ponerle luz a otro y quedarte tú en la silla de director,
mirando cómo ruedan tu plano,
fuera de foco, tragándote el orgullo con saliva seca.
Y aun así, lo hiciste.
Antítesis simple y jodida.
Tú poniendo fe, alguien midiendo el plano.
Tú montando la producción, alguien reescribiendo el plan.
El día del pase.
Casi sin preaviso.
En una sala hasta arriba, hombro con hombro, con el aire gastado,
sin sitio ni para tragar saliva, tu cabeza llega tarde a la escena.
Ya te lo habían dicho antes, pero el cuerpo aún no estaba.
Se bajan las luces dentro de ti, pero la pantalla sigue encendida.
Y las caras alrededor te lo dejan claro, no es sueño.
Te han cambiado el papel.
Y con el pase, el gesto.
Te apartan con el codo.
Suave, sin empujar, pero definitivo.
Ni una palabra. Solo dirección.
Como si el reparto estuviera cerrado desde el principio,
y la silla de director ya tuviera otro nombre.
Ese es el truco de la traición fina.
No te derriba, te reubica.
Te cambian la marca en el suelo y luego te miran raro por pisarla.
Y cuando reaccionas, ya pareces exagerado por querer tu sitio.
Un día tu brújula es una lucecita de rodaje.
Verde, te da aire.
Apagada, te ahorra el cruce.
Por no tragarte una cara y fingir la tuya.
La traición no se conforma con un golpe, quiere instalarse.
Quiere rutina.
Quiere que tu cuerpo aprenda a moverse distinto en el plano,
como si ese plano nunca hubiera sido tuyo.
Lo más enfermizo es esto, no vino a llevarse nada.
Vino a quedarse con el papel del que protege.
Como poner su firma en tu guion y decir que lo ha arreglado.
Y para que encaje, hacía falta alguien fuera de foco para culpar.
Y ahí entras tú.
Con la cara quieta,
con la duda entrando como humedad,
con la boca defendiendo una versión que ya no era tuya.
Acabas defendiéndote de ti mismo,
en mitad del plano, sin saber ya dónde ponerte.
Te quedas con tu nombre,
pero sin tu versión.
Esto ya no sangra.
Pero escuece.
No es una herida abierta, es una cicatriz amarga.
Una sombra pequeña que aparece cuando no toca,
como un fotograma suelto que vuelve sin avisar,
y te recuerda lo que creíste, lo que diste, lo que sostuviste sin que te lo pidieran.
Y aquí está la parte seria, la que no tiene aplauso ni créditos.
Perdonar no es blanquear la traición.
Perdonar es dejar de castigarme por haber creído.
Es recuperar mi versión, sin pedir permiso.
Y lo noto a veces, en mitad de un día normal, sin aviso.
Ese codo suave.
Poco, pero molesta.
Pero ya no manda.
Perdonarme no es reconciliarme con nada.
Es dejar de pegarme yo por algo que no hice.
Seguimos
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