Me llaman egoísta cuando me apago.
Y yo me quedo quieto, porque por fuera parezco eso, un tío frío, un borde con casa.
La casa sigue, claro.
Luces encendidas, pasos por el pasillo, el frigo zumbando, una pregunta tonta que debería ser fácil.
Y yo con las zapatillas puestas como si fuera a salir, pero no salgo a ningún sitio.
No me voy.
Me desconecto.
Me pongo a oír sin entrar, a mirar sin ver, a asentir para que el mundo pase por delante sin tocarme.
Como si bajara el volumen para no liarla.
Lo llamo supervivencia porque me suena menos feo.
La verdad es que también deja daños alrededor.
Un apagón propio tiene alcance, aunque tú te creas muy discreto.
La parte más miserable es la que nadie ve
cuando noto que la cago, me castigo por dentro.
Como si hacerme daño compensara lo que no estoy dando.
Y me compro la película de que eso me hace “bueno”.
No.
Solo me deja más seco.
Y a los míos, más lejos.
Cuidarse no es egoísmo.
Egoísmo es cerrarse y hacer como si no hubiera consecuencias.
Egoísmo es apuntarte al turno de noche y no poner hora de vuelta.
Yo a veces no necesito razón, necesito un mapa.
Y el mapa empieza por reconocer el estado antes de que se note en la mirada.
Si me apago, que no sea a traición.
Si entro en turno de noche, que se sepa que vuelvo.
No es el cierre lo que jode, es la ausencia de regreso.
Seguimos
—GILEIA
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