Un empujón no siempre viene de una mano.
A veces viene de una canción, de una frase cantada con cansancio en la voz, de alguien que no sabe ni mi nombre.
Un gesto pequeño que me sostuvo más de lo que debería.
Leiva fue ese empujón.
Y sí, algo cambió en mi vida. Pero no en el sentido de película.
No me “arregló”.
No me convirtió en otro.
Me quitó una excusa y me dejó delante de lo mío.
Espabilar.
Hacerme cargo.
Y parece poca cosa hasta que entiendes lo cara que sale la inercia.
Lo cuento así porque me da alergia el tono fan.
No me interesa el altar, ni la foto, ni la pulserita, ni esa necesidad de pertenecer.
Lo que me tocó fue lo humano —seguir cuando se nota que cuesta.
La voz gastada, los días raros, el cansancio, esa forma de cantar sin fingir que todo va bien.
Ahí fue donde encajó algo.
Cuando algo te sirve de verdad, no te deja eufórico.
Te baja.
Te deja más simple, más sobrio.
Y te quita el teatro que llevabas puesto sin darte cuenta.
Hubo una época en la que yo iba por inercia, sin preguntarme nada.
No por drama, por desgaste.
Por rutina. Por cumplir.
Por ir resolviendo sin mirar demasiado si lo que estaba resolviendo me estaba resolviendo a mí.
En ese modo, lo peligroso no es estar mal, es acostumbrarme.
Me acostumbro a posponer, a dejarme para luego, a hablarme regular, a justificar lo que no me gusta de mí como si fuera un rasgo fijo.
En mitad de eso apareció la música, y apareció esa voz.
No como guía, sino como espejo.
Escuchar a alguien sosteniendo su propia pelea, sin medallas, sin moraleja, te quita una excusa sin decirlo.
No te empuja con teorías, te empuja con verdad.
Y cuando te quitan una excusa, ya no te queda otra que elegir qué haces con tu parte.
Ahí entra lo que me centra, la libreta.
Mi Moleskine, la de siempre, con la letra fea y las páginas medio dobladas.
No como pose, como herramienta.
La libreta como lugar donde uno deja de contarse historias y escribe lo que es.
Volví a abrirla de otra manera.
No para largarlo todo de golpe, sino para ordenar.
Para ponerme delante lo que estaba evitando.
Para escribir una línea que no admite trampa —esto es lo que tengo delante, y así decido moverme.
No grandes gestos. Constancia mínima.
Abrí la Moleskine aunque no apetecía. Escribí feo. Leí feo.
Y me hice una lista corta, sin épica, para no volver a negociarme el día.
Dormir. Mover el cuerpo. Callarme a tiempo. No dejarme para luego.
Y ya.
Y en paralelo, la voz seguía ahí, gastada, humana, sin necesidad de quedar perfecta.
Eso también me enseñó —sin querer.
Porque hay días en los que me pido lo imposible:
claridad, energía, estabilidad.
Todo a la vez.
Escuchas a alguien cantar con el depósito a medias,
sin disimularlo, y entiendes algo simple —no hace falta estar brillante para estar presente.
No hace falta estar perfecto para querer bien.
Y no hace falta esperar al día ideal para empezar a ser quien digo que quiero ser.
Con Leiva aprendí una cosa —querer ser mejor.
Por mí, por los míos, por los que me dan.
Por los que me quitan.
Esto último es feo, pero es verdad.
Los que me quitan no siempre son villanos.
A veces son inercias, gestos, formas de hablar.
Gente que me saca de mí, que me pone en modo reacción.
Cuando no lo veo, me paso el día respondiendo,
defendiéndome,
justificándome,
gastando gasolina en guerras que ni quería.
Eso era lo que quería cortar.
No era ganar, era no perderme un paso más.
Para eso me sirvió la libreta —para que lo mío dejara de ser un pensamiento suelto y se volviera método.
Y la voz de Leiva, esa forma de cantar desde la pelea, me ayudó a sostener el método cuando me iba por las excusas.
No para vigilarme, para recordarme.
Aquí no hay giros dramáticos.
No hay reinvención.
Hay algo más serio, volver a llevarme.
Decidir estar aquí, con mi gente, con mi mundo.
Sin complicaciones inventadas.
Sin vivir a crédito emocional.
Queriendo y dando, sin llevar contabilidad.
Sin exigirle al día que salga redondo para comportarme bien.
Sin ponerme el listón imposible y luego usar el fracaso como permiso para volver a la inercia.
Y sí, también hay una gratitud fea hacia ese vacío que no sé ni nombrar.
No romántica. Útil.
Porque ese hueco, cuando aparece, te desnuda la mentira.
Te deja sin distracciones. Te obliga a elegir.
O te dejas caer en lo de siempre, o haces algo con lo que tienes.
No me dio una vida nueva.
Me devolvió una manera de plantarme.
Ese es el homenaje real.
No escribirle un altar, sino no desperdiciar el empujón.
No convertirlo en cuento, sino en conducta.
No repetir frases de camiseta, sino hacer gestos pequeños que suman, aunque nadie los vea.
Eso es lo único que puedo devolver,
que lo que me inspiró no se quede en emoción,
que se convierta en decisión.
A veces lo pienso y me parece raro que alguien que no me conoce me haya dado tanto.
Pero es así.
Y lo más decente que puedo hacer con eso es mantenerlo limpio.
Sin fanatismo.
Sin dramatismo.
Sin postureo.
Seguir escuchándolo, sí.
Seguir aprendiendo, también.
Y seguir abriendo la libreta cuando me noto flojo.
No para escribir bonito, para hacerme cargo.
Ese es el impulso.
Un empujón sin contrato.
Seguimos
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