No es conciencia.
Es supervivencia.
Y cuando lo entiendo, cambias la cara.
Dejas de parecer verdad.
Pasas a ser lo que eres.
Un sistema viejo que se quedó a vivir aquí dentro.
Me miro y ya estás.
Ni buenas noches ni nada.
Vienes a cerrar el tema en un segundo.
A ponerme una explicación rápida, aunque sea falsa, con tal de que yo sienta que mando.
Lo has provocado tú, no te quejes.
Es que no aprendes.
No preguntas.
No escuchas.
No matizas.
Cae el mazo y a funcionar.
Y yo, a tragar.
Qué práctico eres, cabrón, siempre con la razón antes de escuchar.
Lo peor es que nadie me pide esto.
No hay un tribunal fuera exigiéndome ser el que sostiene todo.
Eres tú.
Soy yo.
Qué más da.
Me convences de que mi reacción lo arregla o lo estropea todo.
Me plantas en el centro aunque yo no quiera estar ahí.
Me obligas a ser el actor principal incluso cuando solo quería ser uno más, pasar el día y ya.
Y claro, engancha.
Porque si todo depende de mí, el mundo tiene lógica.
Si todo pasa por mí, hay control.
Si soy culpable de todo, al menos no estoy perdido.
La culpa pesa, pero orienta.
Te pone una flecha en el suelo, aunque sea hacia el sitio equivocado.
Por eso empujas.
Por eso aceleras.
Por eso no me dejas respirar antes de actuar.
A veces es una tontería.
Un milímetro.
Una mala cara que interpreto.
Una frase normal que me suena a reproche.
El vaso en la mesa con una gota en el borde, esa que no limpias y te quedas mirándola como si fuera una prueba.
Y ya está.
Empiezo a bajar persianas por dentro.
Me aíslo.
Me defiendo no dejando entrar a nadie.
Me pongo serio, me pongo listo, me pongo borde, lo que sea con tal de no quedarme quieto sin personaje.
Tú me dices que es control.
Yo sé que es reflejo.
Y por eso se vuelve crónico.
No por drama.
Por repetición.
Pero algo está cambiando, y no tiene épica.
Duermo más seguido. No perfecto, pero ya no me paso la noche negociando con la cabeza.
Me noto menos reactivo, tardo un poco más en saltar.
Y cuando salto, vuelvo antes, no me quedo tres días instalado en el mismo bucle.
No estoy bien.
Estoy mejor calibrado.
Que es distinto.
Eso ya te desmonta el chiringuito, y te jode.
Porque si fueras imprescindible para mejorar, cuando bajas el volumen yo iría a peor.
Y no.
Cuando bajas, decido mejor.
Por eso no va de destruirte. Sería absurdo.
Me salvaste en tu momento, de alguna manera.
Me diste estructura cuando yo no tenía.
Me empujaste cuando yo no sabía empujarme.
Pero ya no puedes mandar.
Porque si mandas, me devuelves al mismo sitio
al lugar donde me castigo para moverme
al lugar donde la culpa es el motor
al lugar donde el cuidado llega con látigo
No necesito que te calles para siempre.
Necesito que pierdas rango.
Que avises si quieres.
Que opines.
Que ladres.
Pero que no conduzcas.
La diferencia entre obedecerte y elegir no es épica.
Es mínima.
Una pausa.
Un segundo en el que no actúo en el primer impulso.
Un segundo en el que me digo algo simple, sin negociar
Te he oído.
Y ahora decido yo.
Y he aprendido algo, por fin, sin frase bonita
No todo lo que pasa es culpa mía
y no todo lo que repito me define
—
Que estés.
No mandas.
Seguimos
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