Un tipo entra en una oficina porque sospecha que su vida está mal ensamblada.
Lleva una bolsa con algunas piezas que le han sobrado.
—dos domingos que no aprovechó
—una vocación sin estrenar
—siete decisiones que parecían importantes
—una persona a la que llamó demasiado tarde
—y un tornillo pequeño que no sabe de dónde salió
El funcionario mira la bolsa sin demasiado interés.
Le pide el manual.
No tiene.
Le pide el modelo exacto de vida que compró.
Tampoco lo sabe.
Le pregunta cómo debería funcionar.
El tipo intenta explicarse. No llega muy lejos.
Dice que en 1994 cogió un tren equivocado y todavía no ha llegado a donde iba.
Que a veces funciona perfectamente, pero siempre en los momentos equivocados.
Que una mañana recibió una factura a nombre del hombre que habría sido si no hubiera perdido aquel tren.
El funcionario abre un cajón lleno de reclamaciones iguales.
Todos han venido por lo mismo.
—uno dice que su vida hace ruido al girar a la izquierda.
—una mujer lleva veinte años esperando el paso siete.
—un anciano devuelve una caja completamente cerrada porque tuvo miedo de montarla mal.
El funcionario busca las instrucciones.
Tarda bastante.
Cuando por fin las encuentra, descubre que la primera página recomienda no mojar la vida.
La segunda obliga a sumergirla durante veinte años.
El paso siete remite al paso siete.
En la página nueve, alguien apoyó una taza de café.
Y en la última, con letra pequeña, aparece una advertencia.
El fabricante no se hace responsable del uso correcto del producto.
El funcionario suspira, vuelve a guardar el manual y le devuelve al tipo la bolsa, la vida y un tornillo más.
—Esto tampoco sabemos de dónde sale.
Seguimos
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