• Hoy he dejado pasar cuatro trenes. 
    Carreras. Empujones. Resoplidos. Pisotones.
    Cuatro.

    Ladraba la voz de siempre.
    Fracasado si paras. Gilipollas si sigues corriendo.

    Como si esperar fuese sospechoso.

    El andén olía a freno caliente y a prisa ajena.
    Cada respiración traía un poco de hierro dentro.

    Los hombros tiesos, los pies inquietos, los codos reclamando hueco.

    Caras apretadas.
    Auriculares puestos.
    El andén ocurriendo lejos.

    Dejé pasar el primero.
    Mi cuerpo quiso subir aunque no tenía ninguna urgencia.

    Como si un tren fuese una orden.

    Llegó el segundo.
    Sube. No pierdas el tiempo.
    Luego vas tarde. Luego te jodes. Luego pasa algo.

    Luego. Luego. Luego.

    Arriesgué el tercero.
    Montando una justificación decente.
    Mirar pasar. Respirar despacio. Filosofía de saldo.
    Qué bien me lo vendía.

    Aguantando. A ver qué pasaba si no obedecía.

    Con el cuarto, las piernas listas.
    Un segundo de más.
    Las puertas abiertas.
    Silencio.
    No subí.

    Pensaba que mi prisa era eficacia.
    No.
    Era huir sin admitirlo.

    Sin preguntas. Sin espejo. Sin hueco.
    Solo tarea, siguiente paso, siguiente parada.

    Y así en cada estación.
    El mismo murmullo.
    Ya parecía silencio.

    Miré las manos.

    Ahí estaba el móvil. Solo eso.
    Ocupando.
    El dedo buscando la pantalla por puro reflejo.
    Lo guardé en el bolsillo.

    Cuánto jaleo para nada.
    Las mismas baldosas bajo tanta urgencia.

    Y la pregunta cayó sola.
    ¿Por qué tanta prisa?

    Miedo.

    Miedo a llegar tarde a algo que no quería.
    A no cumplir. A no gustar.

    Miedo a parar
    y que me alcancen mis excusas.

    Hoy he dejado pasar cuatro trenes.
    No pasó nada.
    Yo seguía ahí.

    Nadie me pasó factura.
    Nadie me aplaudió.
    Nadie me notó.

    Una batalla por un hueco en la puerta.
    Caras entrando antes que el cuerpo.
    Mi minuto primero. El del otro, después.

    Y lo peor.
    Yo también peleaba un hueco.

    El quinto no lo dejé pasar.
    Las puertas se cerraron.

    La prisa seguía ahí.
    Pero hoy no subió primero.

    Seguimos
    —GILEIA

    © 2026 —GILEIA.
    Todos los derechos reservados.
  • Para cuando empieces a perder el control aunque te sientas bien

    No te engañes.

    Esto no es solo inspiración.
    Esto también es desgaste.

    Te gusta cómo se siente.
    Claro que te gusta.
    Te sientes vivo, enfocado, con algo entre manos que importa.

    Y ahí está la trampa.

    Porque justo cuando mejor estás…
    es cuando más fácil es pasarte.

    Dormir dos horas no es disciplina.
    Fumar sin parar no es concentración.
    Saltarte el cuerpo no es compromiso.

    Es otra cosa.
    Y lo sabes.

    Te estás diciendo que no estás mal.
    Y puede ser verdad.

    Pero tampoco estás en control.

    Y eso es lo que te puede joder.

    No va a ser de golpe.
    No va a avisar.

    Va a ser el cuerpo diciendo basta.
    La cabeza rara.
    El día que no rindes y no entiendes por qué.

    Y entonces todo eso que ahora empuja…
    te frena.

    Y tú no quieres eso.

    No por ti solo.
    Por los tuyos.

    Porque hay gente ahí fuera
    que no necesita tu versión a 11.

    Te necesitan entero.

    Así que escucha.

    No pares.
    Pero no te pases.

    Duerme lo mínimo para no romperte.
    Baja una marcha cuando toque.
    No conviertas lo que amas en lo que te consume.

    El proyecto no se va a ir.
    Pero tú sí puedes hacerlo.

    Y si tú caes,
    no hay nada que sostener.

    No eres imparable.

    Eres responsable.

    Y hoy toca demostrarlo.

    Si no sabes parar, aprende a bajar.
    Porque si no bajas tú… te bajan.
    Seguimos
    —GILEIA

    © 2026 —GILEIA.
    Todos los derechos reservados.
  • No es conciencia.
    Es supervivencia.

    Y cuando lo entiendo, cambias la cara.
    Dejas de parecer verdad.
    Pasas a ser lo que eres.

    Un sistema viejo que se quedó a vivir aquí dentro.

    Me miro y ya estás.
    Ni buenas noches ni nada.

    Vienes a cerrar el tema en un segundo.
    A ponerme una explicación rápida, aunque sea falsa, con tal de que yo sienta que mando.

    Lo has provocado tú, no te quejes.
    Es que no aprendes.

    No preguntas.
    No escuchas.
    No matizas.

    Cae el mazo y a funcionar.
    Y yo, a tragar.

    Qué práctico eres, cabrón, siempre con la razón antes de escuchar.

    Lo peor es que nadie me pide esto.
    No hay un tribunal fuera exigiéndome ser el que sostiene todo.

    Eres tú.
    Soy yo.
    Qué más da.

    Me convences de que mi reacción lo arregla o lo estropea todo.
    Me plantas en el centro aunque yo no quiera estar ahí.
    Me obligas a ser el actor principal incluso cuando solo quería ser uno más, pasar el día y ya.

    Y claro, engancha.

    Porque si todo depende de mí, el mundo tiene lógica.
    Si todo pasa por mí, hay control.
    Si soy culpable de todo, al menos no estoy perdido.

    La culpa pesa, pero orienta.
    Te pone una flecha en el suelo, aunque sea hacia el sitio equivocado.

    Por eso empujas.
    Por eso aceleras.
    Por eso no me dejas respirar antes de actuar.

    A veces es una tontería.
    Un milímetro.

    Una mala cara que interpreto.
    Una frase normal que me suena a reproche.
    El vaso en la mesa con una gota en el borde, esa que no limpias y te quedas mirándola como si fuera una prueba.

    Y ya está.

    Empiezo a bajar persianas por dentro.
    Me aíslo.
    Me defiendo no dejando entrar a nadie.
    Me pongo serio, me pongo listo, me pongo borde, lo que sea con tal de no quedarme quieto sin personaje.

    Tú me dices que es control.
    Yo sé que es reflejo.

    Y por eso se vuelve crónico.
    No por drama.
    Por repetición.

    Pero algo está cambiando, y no tiene épica.

    Duermo más seguido. No perfecto, pero ya no me paso la noche negociando con la cabeza.
    Me noto menos reactivo, tardo un poco más en saltar.
    Y cuando salto, vuelvo antes, no me quedo tres días instalado en el mismo bucle.

    No estoy bien.
    Estoy mejor calibrado.
    Que es distinto.

    Eso ya te desmonta el chiringuito, y te jode.

    Porque si fueras imprescindible para mejorar, cuando bajas el volumen yo iría a peor.
    Y no.

    Cuando bajas, decido mejor.

    Por eso no va de destruirte. Sería absurdo.
    Me salvaste en tu momento, de alguna manera.
    Me diste estructura cuando yo no tenía.
    Me empujaste cuando yo no sabía empujarme.

    Pero ya no puedes mandar.

    Porque si mandas, me devuelves al mismo sitio
    al lugar donde me castigo para moverme
    al lugar donde la culpa es el motor
    al lugar donde el cuidado llega con látigo

    No necesito que te calles para siempre.
    Necesito que pierdas rango.

    Que avises si quieres.
    Que opines.
    Que ladres.

    Pero que no conduzcas.

    La diferencia entre obedecerte y elegir no es épica.
    Es mínima.

    Una pausa.
    Un segundo en el que no actúo en el primer impulso.
    Un segundo en el que me digo algo simple, sin negociar

    Te he oído.
    Y ahora decido yo.

    Y he aprendido algo, por fin, sin frase bonita

    No todo lo que pasa es culpa mía
    y no todo lo que repito me define



    Que estés.
    No mandas.

    Seguimos
    —GILEIA

    © 2025 —GILEIA.
    Todos los derechos reservados.
  • Hay escenas que no llegan gritando.
    Llegan con la toma ya montada, con sonrisa de catálogo y modales de ascensor, con esa calma de quien no improvisa.

    No te golpean, te cambian de plano.
    Un corte limpio, y de repente estás fuera de foco.

    Tú apartas la vista un segundo.
    Parpadeas, te pierdes dos líneas.
    Mismas frases, otra intención.
    Tú sigues estando, pero ya no sales igual.
    Y te quedas buscando el punto donde perdiste el hilo.

    Y no es que te falte personaje,
    te han cambiado el papel.
    Tu mente tarda un segundo en encajar el plano,
    tu guion en manos ajenas,
    tan fresca, tan segura —montaje sucio, corte seco.

    La secuencia.
    Entras en un sitio donde todos sonríen demasiado despacio.
    Te contestan bien, te ofrecen asiento, te dejan pasar.
    Parece normal. Casi amable.
    Y tú te lo crees.

    Hay un zumbido de fluorescente que no se va.
    Y hay algo en el aire que te lo susurra sin palabras
    ya han decidido el final,
    solo falta que alguien diga acción.

    Alguien te lo dejó caer, alguna vez.
    Una nota al margen, una ceja levantada, un silencio a destiempo.
    Y tú no lo quisiste leer.
    No por interés, por lealtad.
    Y seguiste rodando.

    Al principio parece una escena menor.
    Un gesto sin importancia, un detalle tonto en el plano.
    Pero muerde igual.
    Y cuando vuelve a pasar, ya no es accidente, es costumbre.
    Ahí lo entiendes —la cara limpia era parte del método.

    Lo más triste es esto, le hiciste sitio cuando nadie le hacía hueco.
    Abriste la puerta del set, le pusiste una silla,
    le enseñaste por dónde se entra sin hacer ruido.
    Y encima fuiste delante.
    Haciendo sombra, tapando el frío, como si sostener fuera parte del trabajo.

    Le diste el papel principal para que se llevase el aplauso.
    Pensaste que querer era eso, ponerle luz a otro y quedarte tú en la silla de director,
    mirando cómo ruedan tu plano,
    fuera de foco, tragándote el orgullo con saliva seca.

    Y aun así, lo hiciste.

    Antítesis simple y jodida.
    Tú poniendo fe, alguien midiendo el plano.
    Tú montando la producción, alguien reescribiendo el plan.

    El día del pase.
    Casi sin preaviso.
    En una sala hasta arriba, hombro con hombro, con el aire gastado,
    sin sitio ni para tragar saliva, tu cabeza llega tarde a la escena.
    Ya te lo habían dicho antes, pero el cuerpo aún no estaba.
    Se bajan las luces dentro de ti, pero la pantalla sigue encendida.
    Y las caras alrededor te lo dejan claro, no es sueño.
    Te han cambiado el papel.

    Y con el pase, el gesto.

    Te apartan con el codo.
    Suave, sin empujar, pero definitivo.
    Ni una palabra. Solo dirección.
    Como si el reparto estuviera cerrado desde el principio,
    y la silla de director ya tuviera otro nombre.

    Ese es el truco de la traición fina.
    No te derriba, te reubica.
    Te cambian la marca en el suelo y luego te miran raro por pisarla.
    Y cuando reaccionas, ya pareces exagerado por querer tu sitio.

    Un día tu brújula es una lucecita de rodaje.
    Verde, te da aire.
    Apagada, te ahorra el cruce.
    Por no tragarte una cara y fingir la tuya.

    La traición no se conforma con un golpe, quiere instalarse.
    Quiere rutina.
    Quiere que tu cuerpo aprenda a moverse distinto en el plano,
    como si ese plano nunca hubiera sido tuyo.

    Lo más enfermizo es esto, no vino a llevarse nada.
    Vino a quedarse con el papel del que protege.
    Como poner su firma en tu guion y decir que lo ha arreglado.
    Y para que encaje, hacía falta alguien fuera de foco para culpar.

    Y ahí entras tú.

    Con la cara quieta,
    con la duda entrando como humedad,
    con la boca defendiendo una versión que ya no era tuya.

    Acabas defendiéndote de ti mismo,
    en mitad del plano, sin saber ya dónde ponerte.

    Te quedas con tu nombre,
    pero sin tu versión.

    Esto ya no sangra.
    Pero escuece.

    No es una herida abierta, es una cicatriz amarga.
    Una sombra pequeña que aparece cuando no toca,
    como un fotograma suelto que vuelve sin avisar,
    y te recuerda lo que creíste, lo que diste, lo que sostuviste sin que te lo pidieran.

    Y aquí está la parte seria, la que no tiene aplauso ni créditos.
    Perdonar no es blanquear la traición.
    Perdonar es dejar de castigarme por haber creído.
    Es recuperar mi versión, sin pedir permiso.

    Y lo noto a veces, en mitad de un día normal, sin aviso.
    Ese codo suave.
    Poco, pero molesta.

    Pero ya no manda.

    Perdonarme no es reconciliarme con nada.
    Es dejar de pegarme yo por algo que no hice.

    Seguimos
    —GILEIA

    © 2025 —GILEIA.
    Todos los derechos reservados.
  • No es una contradicción.

    Cuando alguien decente mira atrás con conciencia, descubre que pena y culpa pueden convivir, aunque no tengan razón lógica para hacerlo.

    La culpa que llevo no es por lo que no hice, es por imaginar que podría haber hecho.
    Mi cerebro necesita control retrospectivo.

    Es una trampa, humana y cruel.
    Es mi mente inventando una versión más presente, más atento, más salvador.
    Porque así el mundo parece menos absurdo.
    No es real, es darle sentido al dolor.

    La culpa no siempre señala una falta, a veces señala amor sin sitio.

    Uno no puede humanamente estar en todos sitios, en todos los momentos, con todas las personas.

    Esa falta-amor no tuvo dónde colocarse y se convirtió en culpa.
    No porque fuese ausente, sino porque no podía ser omnipresente.

    El remordimiento no prueba responsabilidad, solo prueba vínculo.
    El remordimiento aparece incluso cuando uno hace lo correcto.

    No es juez justo.
    Es un eco.

    Uno no se fue por desinterés.
    Estuvo sobreviviendo lo suyo mientras el mundo seguía cayéndose a su alrededor.

    Eso no fue abandono.
    Fue límite humano.

    El mito peligroso que me construí, o me conté:
    “Hubiese sido distinto, quizá el final habría cambiado”.

    Eso solo funciona en novelas.
    En la vida real, las trayectorias profundas no se corrigen con llamadas, con más presencia, con más aguante.

    Y eso no me hace ser un desgraciado inútil, me devuelve a la realidad.

    No huyo de la culpa, no cierro puertas por cobardía, no soy frío.
    Intento no repetir patrones que no pude sostener.

    Esto no me quita el dolor, me salva de destruirme.

    Duele aceptar que hice lo que pude, con lo que tenía, en el momento en que estaba.

    Y poder aceptar eso significa renunciar a la fantasía de que podría haberlo arreglado todo.

    La culpa no es una deuda que tenga que pagar con mi vida.
    Es una señal de que hubo amor, aunque no fuese suficiente para cambiarlo todo.

    Y eso, aunque me siga quemando, no es un fracaso.

    Seguimos
    —GILEIA

    © 2025 —GILEIA.
    Todos los derechos reservados.