• Hoy he dejado pasar cuatro trenes. 
    Carreras. Empujones. Resoplidos. Pisotones.
    Cuatro.

    Ladraba la voz de siempre.
    Fracasado si paras. Gilipollas si sigues corriendo.

    Como si esperar fuese sospechoso.

    El andén olía a freno caliente y a prisa ajena.
    Cada respiración traía un poco de hierro dentro.

    Los hombros tiesos, los pies inquietos, los codos reclamando hueco.

    Caras apretadas.
    Auriculares puestos.
    El andén ocurriendo lejos.

    Dejé pasar el primero.
    Mi cuerpo quiso subir aunque no tenía ninguna urgencia.

    Como si un tren fuese una orden.

    Llegó el segundo.
    Sube. No pierdas el tiempo.
    Luego vas tarde. Luego te jodes. Luego pasa algo.

    Luego. Luego. Luego.

    Arriesgué el tercero.
    Montando una justificación decente.
    Mirar pasar. Respirar despacio. Filosofía de saldo.
    Qué bien me lo vendía.

    Aguantando. A ver qué pasaba si no obedecía.

    Con el cuarto, las piernas listas.
    Un segundo de más.
    Las puertas abiertas.
    Silencio.
    No subí.

    Pensaba que mi prisa era eficacia.
    No.
    Era huir sin admitirlo.

    Sin preguntas. Sin espejo. Sin hueco.
    Solo tarea, siguiente paso, siguiente parada.

    Y así en cada estación.
    El mismo murmullo.
    Ya parecía silencio.

    Miré las manos.

    Ahí estaba el móvil. Solo eso.
    Ocupando.
    El dedo buscando la pantalla por puro reflejo.
    Lo guardé en el bolsillo.

    Cuánto jaleo para nada.
    Las mismas baldosas bajo tanta urgencia.

    Y la pregunta cayó sola.
    ¿Por qué tanta prisa?

    Miedo.

    Miedo a llegar tarde a algo que no quería.
    A no cumplir. A no gustar.

    Miedo a parar
    y que me alcancen mis excusas.

    Hoy he dejado pasar cuatro trenes.
    No pasó nada.
    Yo seguía ahí.

    Nadie me pasó factura.
    Nadie me aplaudió.
    Nadie me notó.

    Una batalla por un hueco en la puerta.
    Caras entrando antes que el cuerpo.
    Mi minuto primero. El del otro, después.

    Y lo peor.
    Yo también peleaba un hueco.

    El quinto no lo dejé pasar.
    Las puertas se cerraron.

    La prisa seguía ahí.
    Pero hoy no subió primero.

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  • Un tipo entra en una oficina porque sospecha que su vida está mal ensamblada.

    Lleva una bolsa con algunas piezas que le han sobrado.

    —dos domingos que no aprovechó
    —una vocación sin estrenar
    —siete decisiones que parecían importantes
    —una persona a la que llamó demasiado tarde
    —y un tornillo pequeño que no sabe de dónde salió

    El funcionario mira la bolsa sin demasiado interés.

    Le pide el manual.
    No tiene.

    Le pide el modelo exacto de vida que compró.
    Tampoco lo sabe.

    Le pregunta cómo debería funcionar.
    El tipo intenta explicarse. No llega muy lejos.

    Dice que en 1994 cogió un tren equivocado y todavía no ha llegado a donde iba.
    Que a veces funciona perfectamente, pero siempre en los momentos equivocados.
    Que una mañana recibió una factura a nombre del hombre que habría sido si no hubiera perdido aquel tren.

    El funcionario abre un cajón lleno de reclamaciones iguales.

    Todos han venido por lo mismo.

    —uno dice que su vida hace ruido al girar a la izquierda.
    —una mujer lleva veinte años esperando el paso siete.
    —un anciano devuelve una caja completamente cerrada porque tuvo miedo de montarla mal.

    El funcionario busca las instrucciones.

    Tarda bastante.

    Cuando por fin las encuentra, descubre que la primera página recomienda no mojar la vida.

    La segunda obliga a sumergirla durante veinte años.
    El paso siete remite al paso siete.
    En la página nueve, alguien apoyó una taza de café.
    Y en la última, con letra pequeña, aparece una advertencia.
    El fabricante no se hace responsable del uso correcto del producto.

    El funcionario suspira, vuelve a guardar el manual y le devuelve al tipo la bolsa, la vida y un tornillo más.

    —Esto tampoco sabemos de dónde sale.

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  • Para cuando empieces a perder el control aunque te sientas bien

    No te engañes.

    Esto no es solo inspiración.
    Esto también es desgaste.

    Te gusta cómo se siente.
    Claro que te gusta.
    Te sientes vivo, enfocado, con algo entre manos que importa.

    Y ahí está la trampa.

    Porque justo cuando mejor estás…
    es cuando más fácil es pasarte.

    Dormir dos horas no es disciplina.
    Fumar sin parar no es concentración.
    Saltarte el cuerpo no es compromiso.

    Es otra cosa.
    Y lo sabes.

    Te estás diciendo que no estás mal.
    Y puede ser verdad.

    Pero tampoco estás en control.

    Y eso es lo que te puede joder.

    No va a ser de golpe.
    No va a avisar.

    Va a ser el cuerpo diciendo basta.
    La cabeza rara.
    El día que no rindes y no entiendes por qué.

    Y entonces todo eso que ahora empuja…
    te frena.

    Y tú no quieres eso.

    No por ti solo.
    Por los tuyos.

    Porque hay gente ahí fuera
    que no necesita tu versión a 11.

    Te necesitan entero.

    Así que escucha.

    No pares.
    Pero no te pases.

    Duerme lo mínimo para no romperte.
    Baja una marcha cuando toque.
    No conviertas lo que amas en lo que te consume.

    El proyecto no se va a ir.
    Pero tú sí puedes hacerlo.

    Y si tú caes,
    no hay nada que sostener.

    No eres imparable.

    Eres responsable.

    Y hoy toca demostrarlo.

    Si no sabes parar, aprende a bajar.
    Porque si no bajas tú… te bajan.
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  • No es conciencia.
    Es supervivencia.

    Y cuando lo entiendo, cambias la cara.
    Dejas de parecer verdad.
    Pasas a ser lo que eres.

    Un sistema viejo que se quedó a vivir aquí dentro.

    Me miro y ya estás.
    Ni buenas noches ni nada.

    Vienes a cerrar el tema en un segundo.
    A ponerme una explicación rápida, aunque sea falsa, con tal de que yo sienta que mando.

    Lo has provocado tú, no te quejes.
    Es que no aprendes.

    No preguntas.
    No escuchas.
    No matizas.

    Cae el mazo y a funcionar.
    Y yo, a tragar.

    Qué práctico eres, cabrón, siempre con la razón antes de escuchar.

    Lo peor es que nadie me pide esto.
    No hay un tribunal fuera exigiéndome ser el que sostiene todo.

    Eres tú.
    Soy yo.
    Qué más da.

    Me convences de que mi reacción lo arregla o lo estropea todo.
    Me plantas en el centro aunque yo no quiera estar ahí.
    Me obligas a ser el actor principal incluso cuando solo quería ser uno más, pasar el día y ya.

    Y claro, engancha.

    Porque si todo depende de mí, el mundo tiene lógica.
    Si todo pasa por mí, hay control.
    Si soy culpable de todo, al menos no estoy perdido.

    La culpa pesa, pero orienta.
    Te pone una flecha en el suelo, aunque sea hacia el sitio equivocado.

    Por eso empujas.
    Por eso aceleras.
    Por eso no me dejas respirar antes de actuar.

    A veces es una tontería.
    Un milímetro.

    Una mala cara que interpreto.
    Una frase normal que me suena a reproche.
    El vaso en la mesa con una gota en el borde, esa que no limpias y te quedas mirándola como si fuera una prueba.

    Y ya está.

    Empiezo a bajar persianas por dentro.
    Me aíslo.
    Me defiendo no dejando entrar a nadie.
    Me pongo serio, me pongo listo, me pongo borde, lo que sea con tal de no quedarme quieto sin personaje.

    Tú me dices que es control.
    Yo sé que es reflejo.

    Y por eso se vuelve crónico.
    No por drama.
    Por repetición.

    Pero algo está cambiando, y no tiene épica.

    Duermo más seguido. No perfecto, pero ya no me paso la noche negociando con la cabeza.
    Me noto menos reactivo, tardo un poco más en saltar.
    Y cuando salto, vuelvo antes, no me quedo tres días instalado en el mismo bucle.

    No estoy bien.
    Estoy mejor calibrado.
    Que es distinto.

    Eso ya te desmonta el chiringuito, y te jode.

    Porque si fueras imprescindible para mejorar, cuando bajas el volumen yo iría a peor.
    Y no.

    Cuando bajas, decido mejor.

    Por eso no va de destruirte. Sería absurdo.
    Me salvaste en tu momento, de alguna manera.
    Me diste estructura cuando yo no tenía.
    Me empujaste cuando yo no sabía empujarme.

    Pero ya no puedes mandar.

    Porque si mandas, me devuelves al mismo sitio
    al lugar donde me castigo para moverme
    al lugar donde la culpa es el motor
    al lugar donde el cuidado llega con látigo

    No necesito que te calles para siempre.
    Necesito que pierdas rango.

    Que avises si quieres.
    Que opines.
    Que ladres.

    Pero que no conduzcas.

    La diferencia entre obedecerte y elegir no es épica.
    Es mínima.

    Una pausa.
    Un segundo en el que no actúo en el primer impulso.
    Un segundo en el que me digo algo simple, sin negociar

    Te he oído.
    Y ahora decido yo.

    Y he aprendido algo, por fin, sin frase bonita

    No todo lo que pasa es culpa mía
    y no todo lo que repito me define



    Que estés.
    No mandas.

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    —GILEIA

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  • Un empujón no siempre viene de una mano.
    A veces viene de una canción, de una frase cantada con cansancio en la voz, de alguien que no sabe ni mi nombre.
    Un gesto pequeño que me sostuvo más de lo que debería.

    Leiva fue ese empujón.

    Y sí, algo cambió en mi vida. Pero no en el sentido de película.
    No me “arregló”.
    No me convirtió en otro.
    Me quitó una excusa y me dejó delante de lo mío.
    Espabilar.
    Hacerme cargo.

    Y parece poca cosa hasta que entiendes lo cara que sale la inercia.

    Lo cuento así porque me da alergia el tono fan.
    No me interesa el altar, ni la foto, ni la pulserita, ni esa necesidad de pertenecer.

    Lo que me tocó fue lo humano —seguir cuando se nota que cuesta.
    La voz gastada, los días raros, el cansancio, esa forma de cantar sin fingir que todo va bien.

    Ahí fue donde encajó algo.

    Cuando algo te sirve de verdad, no te deja eufórico.
    Te baja.
    Te deja más simple, más sobrio.
    Y te quita el teatro que llevabas puesto sin darte cuenta.

    Hubo una época en la que yo iba por inercia, sin preguntarme nada.
    No por drama, por desgaste.
    Por rutina. Por cumplir.
    Por ir resolviendo sin mirar demasiado si lo que estaba resolviendo me estaba resolviendo a mí.

    En ese modo, lo peligroso no es estar mal, es acostumbrarme.
    Me acostumbro a posponer, a dejarme para luego, a hablarme regular, a justificar lo que no me gusta de mí como si fuera un rasgo fijo.

    En mitad de eso apareció la música, y apareció esa voz.

    No como guía, sino como espejo.
    Escuchar a alguien sosteniendo su propia pelea, sin medallas, sin moraleja, te quita una excusa sin decirlo.
    No te empuja con teorías, te empuja con verdad.

    Y cuando te quitan una excusa, ya no te queda otra que elegir qué haces con tu parte.

    Ahí entra lo que me centra, la libreta.
    Mi Moleskine, la de siempre, con la letra fea y las páginas medio dobladas.
    No como pose, como herramienta.
    La libreta como lugar donde uno deja de contarse historias y escribe lo que es.

    Volví a abrirla de otra manera.

    No para largarlo todo de golpe, sino para ordenar.
    Para ponerme delante lo que estaba evitando.
    Para escribir una línea que no admite trampa —esto es lo que tengo delante, y así decido moverme.

    No grandes gestos. Constancia mínima.
    Abrí la Moleskine aunque no apetecía. Escribí feo. Leí feo.
    Y me hice una lista corta, sin épica, para no volver a negociarme el día.
    Dormir. Mover el cuerpo. Callarme a tiempo. No dejarme para luego.
    Y ya.

    Y en paralelo, la voz seguía ahí, gastada, humana, sin necesidad de quedar perfecta.

    Eso también me enseñó —sin querer.

    Porque hay días en los que me pido lo imposible:
    claridad, energía, estabilidad.
    Todo a la vez.

    Escuchas a alguien cantar con el depósito a medias,
    sin disimularlo, y entiendes algo simple —no hace falta estar brillante para estar presente.
    No hace falta estar perfecto para querer bien.
    Y no hace falta esperar al día ideal para empezar a ser quien digo que quiero ser.

    Con Leiva aprendí una cosa —querer ser mejor.

    Por mí, por los míos, por los que me dan.
    Por los que me quitan.
    Esto último es feo, pero es verdad.

    Los que me quitan no siempre son villanos.
    A veces son inercias, gestos, formas de hablar.
    Gente que me saca de mí, que me pone en modo reacción.

    Cuando no lo veo, me paso el día respondiendo,
    defendiéndome,
    justificándome,
    gastando gasolina en guerras que ni quería.

    Eso era lo que quería cortar.
    No era ganar, era no perderme un paso más.

    Para eso me sirvió la libreta —para que lo mío dejara de ser un pensamiento suelto y se volviera método.

    Y la voz de Leiva, esa forma de cantar desde la pelea, me ayudó a sostener el método cuando me iba por las excusas.

    No para vigilarme, para recordarme.

    Aquí no hay giros dramáticos.
    No hay reinvención.
    Hay algo más serio, volver a llevarme.

    Decidir estar aquí, con mi gente, con mi mundo.
    Sin complicaciones inventadas.
    Sin vivir a crédito emocional.

    Queriendo y dando, sin llevar contabilidad.
    Sin exigirle al día que salga redondo para comportarme bien.
    Sin ponerme el listón imposible y luego usar el fracaso como permiso para volver a la inercia.

    Y sí, también hay una gratitud fea hacia ese vacío que no sé ni nombrar.
    No romántica. Útil.

    Porque ese hueco, cuando aparece, te desnuda la mentira.
    Te deja sin distracciones. Te obliga a elegir.

    O te dejas caer en lo de siempre, o haces algo con lo que tienes.

    No me dio una vida nueva.
    Me devolvió una manera de plantarme.

    Ese es el homenaje real.
    No escribirle un altar, sino no desperdiciar el empujón.
    No convertirlo en cuento, sino en conducta.
    No repetir frases de camiseta, sino hacer gestos pequeños que suman, aunque nadie los vea.

    Eso es lo único que puedo devolver,
    que lo que me inspiró no se quede en emoción,
    que se convierta en decisión.

    A veces lo pienso y me parece raro que alguien que no me conoce me haya dado tanto.
    Pero es así.
    Y lo más decente que puedo hacer con eso es mantenerlo limpio.
    Sin fanatismo.
    Sin dramatismo.
    Sin postureo.

    Seguir escuchándolo, sí.
    Seguir aprendiendo, también.
    Y seguir abriendo la libreta cuando me noto flojo.
    No para escribir bonito, para hacerme cargo.

    Ese es el impulso.
    Un empujón sin contrato.

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  • Rewind

    El domingo por la noche el móvil me suelta el resumen semanal, como si fuera el contable de mi vida.
    Horas de pantalla, barras bonitas, medallitas invisibles.
    Y yo mirando el numerito como si no fuera mío.

    Vivo a velocidad de anuncio, con prisa prestada. No es que me falten horas, es que las dejo caer por la rendija, a cambio de nada que pese. Me digo que no tengo tiempo para parar, para ver, para escuchar, para estar, pero luego resulta que sí tengo tiempo, solo que se me va en migas, en notificaciones, en ese gesto automático que ni decido.

    La oportunidad perdida no es un plan grande. Es el instante. El rato en el que podría desconectar y no lo hago. El tiempo que podría invertir en mí y lo cambio por atención barata. Dejo de salir a caminar, dejo de sudar un poco, dejo de bajar al barrio a tomar una caña con los de siempre. Dejo de conocer a alguien en el mundo real, con su voz y su torpeza, y me conformo con encontrarlo en una pantalla, ordenado por un algoritmo que presume de conocerme mejor que yo.

    Me pasa incluso con lo fácil, me pongo una serie y no la veo del todo. Un ojo en la escena y el otro en el próximo mensaje vacío. La trama se me escapa, los diálogos se me diluyen, pero mi dedo no falla, desliza, toca, vuelve, como si estuviera trabajando. Y no estoy trabajando, estoy alimentando una máquina que me da dopamina sin premio, solo para que vuelva a pedir.

    Me pica por dentro cuando me discuten, no por lo que dicen, por lo rápido que me pongo en modo defensa. Y lo peor es cuando me descubro a mí haciendo lo mismo.
    En una cena cualquiera alguien suelta un no, eso no es así, y en vez de pensar, saco el móvil como si sacara una navaja. Busco el vídeo, el corte, el titular. Y cuando lo encuentro, lo enseño con cara de victoria.

    Ahí me doy vergüenza.
    Porque no estoy defendiendo una idea, estoy defendiendo un pantallazo. Un tipo hablando rápido, con música debajo y seguridad de alquiler.
    Y yo asentando, repitiendo, dejando que me piensen, con la tranquilidad cobarde de ya está.

    Y no es un problema de nadie más, es mío. Porque yo también me acostumbro a no pensar. A seguir con la venda por comodidad. A confundir opinión con conocimiento. A preferir el atajo aunque me deje sin piernas.

    Me abandono un poquito más cada día, sin drama, sin titular. Ya no hay placer en irse de tiendas y perder una tarde buscando algo que te haga ilusión de verdad. Ya no hay gusto en pelear un buen precio para unas vacaciones, en rebuscar esa camiseta rara en las rebajas, en equivocarte de talla y reírte en el probador. Es más rápido darle al botón de comprar, total estoy ahorrando tiempo, me digo. Y ese hoy es oro. Pero luego ese oro lo gasto en likes y en niveles, en mini victorias que no me dejan nada en el cuerpo.

    Es como si hubiera cambiado el paseo por el recibo. La conversación por el comentario. El encuentro por el match.
    Todo rápido, todo limpio, todo sin fricción.
    Y sin fricción tampoco hay vida, hay trámite.

    El punto de inflexión me llega con mala educación. Son las 4 de la mañana y he llegado al nivel 1000 del Candy Crush, que guapo. Un logro de plastilina. La medalla de nadie. Y lo he pagado con tiempo de descanso, con el rato de compartir almohada con mi pareja, con el sueño que me arregla la cabeza cuando la cabeza me viene torcida. Me he perdido la escena del desenlace y no pasa nada, le doy al rewind.

    Y ahí es donde me doy cuenta de la trampa.
    Hago rewind en la tele y hago rewind en la vida.
    Escenas en diferido, como si lo importante pudiera repetirse igual.
    Como si el directo no tuviera esencia.

    Lo que me cabrea no es el móvil. Soy yo, entregando el volante. Yo, firmando la cesión. Yo, dejando que me interrumpan, que me exijan, que me necesiten, y reaccionando como si todo eso fuera un ataque a mi tiempo. Como si mi tiempo fuera sagrado solo cuando lo estoy malgastando.

    Al final el cuerpo pasa factura sin levantar la voz. Me duele medio cuerpo porque no me muevo. Se me cansa la vista, el cuello, los dedos se me duermen. El alma me escuece, como una rozadura que solo noto cuando ya estoy quieto de verdad.

    Pero da igual.
    Ya estoy en el siguiente nivel.
    Y mañana diré que no tuve tiempo, como si no lo hubiera regalado.

    El domingo el móvil me lo volverá a contar en barras, y yo volveré a mirar el numerito como si fuera otra persona.

    —Le doy al rewind y lo único que vuelve es mi excusa.

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  • Me llaman egoísta cuando me apago.
    Y yo me quedo quieto, porque por fuera parezco eso, un tío frío, un borde con casa.

    La casa sigue, claro.
    Luces encendidas, pasos por el pasillo, el frigo zumbando, una pregunta tonta que debería ser fácil.
    Y yo con las zapatillas puestas como si fuera a salir, pero no salgo a ningún sitio.

    No me voy.
    Me desconecto.
    Me pongo a oír sin entrar, a mirar sin ver, a asentir para que el mundo pase por delante sin tocarme.
    Como si bajara el volumen para no liarla.

    Lo llamo supervivencia porque me suena menos feo.
    La verdad es que también deja daños alrededor.
    Un apagón propio tiene alcance, aunque tú te creas muy discreto.

    La parte más miserable es la que nadie ve
    cuando noto que la cago, me castigo por dentro.
    Como si hacerme daño compensara lo que no estoy dando.
    Y me compro la película de que eso me hace “bueno”.

    No.
    Solo me deja más seco.
    Y a los míos, más lejos.

    Cuidarse no es egoísmo.
    Egoísmo es cerrarse y hacer como si no hubiera consecuencias.
    Egoísmo es apuntarte al turno de noche y no poner hora de vuelta.

    Yo a veces no necesito razón, necesito un mapa.
    Y el mapa empieza por reconocer el estado antes de que se note en la mirada.

    Si me apago, que no sea a traición.
    Si entro en turno de noche, que se sepa que vuelvo.

    No es el cierre lo que jode, es la ausencia de regreso.

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    —GILEIA

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  • Pídele al insomnio que se duerma.
    A ver si hoy cuela.

    Las piernas no paran.
    No corren, escapan.
    Como si el cuerpo quisiera irse
    y yo no supiera a dónde.

    Duermo despierto.
    Estoy despierto dormido.
    Cambio turnos como quien cambia de herida
    y ya no sabe cuál sangra primero.

    La noche no te abraza.
    Te tolera.
    La cama no descansa, te desahucia
    con una sábana fría y un techo que pesa.

    Al sueño lo vences, dicen.
    Lo engañas.
    Lo fuerzas.
    Lo maltratas.
    Mentira.
    El sueño te cobra intereses.

    El cansancio te domina.
    Te perturba.
    Te nubla la vista.
    Te desafina el día.
    Vas andando por fuera
    como los de The Walking Dead,
    pero sin maquillaje
    y con la cabeza llena.

    Reflejos lentos.
    Pensamientos torcidos.
    Consecuencias en cadena.

    Melatonina en rebajas.
    Ciclos perdidos.
    Confundidos.
    Horas que no saben a qué día pertenecen.

    Y el insomnio…
    ese cabrón
    se ríe.
    Se burla
    cuando le pides dormir.

    Porque sabe algo que tú no quieres aceptar.

    Que aquí nadie manda.
    Y que cerrar los ojos
    no siempre significa descansar.

    Y me despierto cansado de estar despierto.

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  • Hay escenas que no llegan gritando.
    Llegan con la toma ya montada, con sonrisa de catálogo y modales de ascensor, con esa calma de quien no improvisa.

    No te golpean, te cambian de plano.
    Un corte limpio, y de repente estás fuera de foco.

    Tú apartas la vista un segundo.
    Parpadeas, te pierdes dos líneas.
    Mismas frases, otra intención.
    Tú sigues estando, pero ya no sales igual.
    Y te quedas buscando el punto donde perdiste el hilo.

    Y no es que te falte personaje,
    te han cambiado el papel.
    Tu mente tarda un segundo en encajar el plano,
    tu guion en manos ajenas,
    tan fresca, tan segura —montaje sucio, corte seco.

    La secuencia.
    Entras en un sitio donde todos sonríen demasiado despacio.
    Te contestan bien, te ofrecen asiento, te dejan pasar.
    Parece normal. Casi amable.
    Y tú te lo crees.

    Hay un zumbido de fluorescente que no se va.
    Y hay algo en el aire que te lo susurra sin palabras
    ya han decidido el final,
    solo falta que alguien diga acción.

    Alguien te lo dejó caer, alguna vez.
    Una nota al margen, una ceja levantada, un silencio a destiempo.
    Y tú no lo quisiste leer.
    No por interés, por lealtad.
    Y seguiste rodando.

    Al principio parece una escena menor.
    Un gesto sin importancia, un detalle tonto en el plano.
    Pero muerde igual.
    Y cuando vuelve a pasar, ya no es accidente, es costumbre.
    Ahí lo entiendes —la cara limpia era parte del método.

    Lo más triste es esto, le hiciste sitio cuando nadie le hacía hueco.
    Abriste la puerta del set, le pusiste una silla,
    le enseñaste por dónde se entra sin hacer ruido.
    Y encima fuiste delante.
    Haciendo sombra, tapando el frío, como si sostener fuera parte del trabajo.

    Le diste el papel principal para que se llevase el aplauso.
    Pensaste que querer era eso, ponerle luz a otro y quedarte tú en la silla de director,
    mirando cómo ruedan tu plano,
    fuera de foco, tragándote el orgullo con saliva seca.

    Y aun así, lo hiciste.

    Antítesis simple y jodida.
    Tú poniendo fe, alguien midiendo el plano.
    Tú montando la producción, alguien reescribiendo el plan.

    El día del pase.
    Casi sin preaviso.
    En una sala hasta arriba, hombro con hombro, con el aire gastado,
    sin sitio ni para tragar saliva, tu cabeza llega tarde a la escena.
    Ya te lo habían dicho antes, pero el cuerpo aún no estaba.
    Se bajan las luces dentro de ti, pero la pantalla sigue encendida.
    Y las caras alrededor te lo dejan claro, no es sueño.
    Te han cambiado el papel.

    Y con el pase, el gesto.

    Te apartan con el codo.
    Suave, sin empujar, pero definitivo.
    Ni una palabra. Solo dirección.
    Como si el reparto estuviera cerrado desde el principio,
    y la silla de director ya tuviera otro nombre.

    Ese es el truco de la traición fina.
    No te derriba, te reubica.
    Te cambian la marca en el suelo y luego te miran raro por pisarla.
    Y cuando reaccionas, ya pareces exagerado por querer tu sitio.

    Un día tu brújula es una lucecita de rodaje.
    Verde, te da aire.
    Apagada, te ahorra el cruce.
    Por no tragarte una cara y fingir la tuya.

    La traición no se conforma con un golpe, quiere instalarse.
    Quiere rutina.
    Quiere que tu cuerpo aprenda a moverse distinto en el plano,
    como si ese plano nunca hubiera sido tuyo.

    Lo más enfermizo es esto, no vino a llevarse nada.
    Vino a quedarse con el papel del que protege.
    Como poner su firma en tu guion y decir que lo ha arreglado.
    Y para que encaje, hacía falta alguien fuera de foco para culpar.

    Y ahí entras tú.

    Con la cara quieta,
    con la duda entrando como humedad,
    con la boca defendiendo una versión que ya no era tuya.

    Acabas defendiéndote de ti mismo,
    en mitad del plano, sin saber ya dónde ponerte.

    Te quedas con tu nombre,
    pero sin tu versión.

    Esto ya no sangra.
    Pero escuece.

    No es una herida abierta, es una cicatriz amarga.
    Una sombra pequeña que aparece cuando no toca,
    como un fotograma suelto que vuelve sin avisar,
    y te recuerda lo que creíste, lo que diste, lo que sostuviste sin que te lo pidieran.

    Y aquí está la parte seria, la que no tiene aplauso ni créditos.
    Perdonar no es blanquear la traición.
    Perdonar es dejar de castigarme por haber creído.
    Es recuperar mi versión, sin pedir permiso.

    Y lo noto a veces, en mitad de un día normal, sin aviso.
    Ese codo suave.
    Poco, pero molesta.

    Pero ya no manda.

    Perdonarme no es reconciliarme con nada.
    Es dejar de pegarme yo por algo que no hice.

    Seguimos
    —GILEIA

    © 2025 —GILEIA.
    Todos los derechos reservados.
  • No desconectar no cansa.
    Agota.

    Te levantas y el cerebro ya va tarde.
    Antes de poner un pie en el suelo ya has pasado por tres guerras ajenas, dos ofertas que no necesitas y un mensaje que no era urgente… pero vibra igual.
    El cuerpo todavía está arrancando y la cabeza ya va en quinta.
    Una centrifugadora mental desde primera hora.

    El cansancio se volvió normal.
    Como el dolor de espalda.
    Como dormir mal.
    Como vivir con prisa sin saber hacia dónde.

    Estás disponible para todos menos para ti.
    Respondes mensajes mientras comes.
    Miras la pantalla mientras alguien te habla.
    Asientes. Sonríes.
    No estás.

    El móvil vibra encima de la mesa del bar.
    Cerveza caliente.
    Conversación a medio gas.
    Lo miras “por si acaso”.
    No era nada.
    Pero ya te fuiste un poco.
    La ansiedad con bluetooth, siempre conectada.

    El cuerpo grita y tú haces scroll.
    El cuello doblado.
    La espalda torcida.
    La cabeza llena.
    Cinco minutos en el váter se convierten en veinte.
    Sales igual que entraste… pero más lejos. Y con la pierna dormida.

    Compras desde el sofá.
    Pagas sin tocar billetes.
    Te validan con una huella mientras no sabes muy bien quién coño eres hoy.
    Hasta el amor viene filtrado por un algoritmo que decide si mereces o no una cita un martes.

    Viajas para demostrar que estuviste.
    Más fotos que recuerdos.
    Más stories que risas.
    El paisaje detrás y tú delante, siempre delante.
    El moreno ya no pica: se corrige.

    Antes malgastabas la tarde en una cerveza y vacilar de moreno cangrejo.
    Ahora malgastas la vida intentando parecer que la tienes ordenada.

    Criticas los reels…
    desde uno.
    No sabes muy bien qué son, pero los miras.
    Uno más.
    Otro.
    Otro.
    Como si al final hubiera algo.
    No lo hay.

    Compras seguidores.
    Te das tu propio like.
    Millones mirando una pantalla y nadie mirando a nadie.
    Todo el mundo quiere que lo vean,
    y cada vez hay menos sitio donde estar.

    Y aquí viene lo incómodo,
    tú tampoco estás fuera de esto.
    Ni eres mejor.
    Ni estás a salvo.

    También miras el móvil de madrugada, tik-tokeando con la luz apagada como si no pasara nada.
    También has preferido el sofá al encuentro.
    Y lo peor: lo sabes… y aun así.

    No es que antes fuera mejor.
    Es que antes era.

    Ahora estamos hiperconectados
    a ninguna parte.

    Y tú sigues en la hiperrealidad de humo.
    Conectado a nadie.
    Tu atención en rebajas… y aún miras “por si acaso”.

    Seguimos
    —GILEIA

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